La Guajira vieja cenicienta de Venezuela – Rafael Delgado

«La cenicienta ha encontrado tres príncipes con los que casarse: armas de fuego para matar, drogas para enfermar y carne humana para explotar. Nadie quiso una guajira trabajadora y tranquila. Ahora tendrán que aceptarla pilla e inquieta». En este análisis de la realidad de la Guajira colombiana y venezolana de los años 80, Rafael Delgado nos muestra elementos interesantes que llevaron a la degradación social de la región en su libro «Los Indocumentados. Dos mundos en conflicto«.

La Goajira vieja cenicienta de Venezuela – Rafael Delgado

Los Indocumentados libro de Rafael Delgado

  • La frontera de Venezuela y Colombia se inicia en el noroeste de aquella y en el noreste de Colombia, en el mayor de dos cerros que se llaman Castilletes; en el Distrito Páez del estado Zulia. El Distrito Páez está formado por dos municipios: Guajira y Sinamaica. Desde Castilletes a Alto del Cedro, hay 141 kilómetros de frontera. Los Guajiros son los principales habitantes del Distrito Páez. El territorio de la Guajira fue un mundo secreto, que pocos venezolanos conocían, hasta el comienzo de este siglo (XX).

Como un muro protector, el caudaloso Río Limón separaba la región del resto del país. sobre el río hay un puente con una alcabala que hace pagar 3 Bs de impuesto a cada automóvil. Sin duda, en relación a su tamaño, es el puente que mayor peaje cobra en el mundo.

A comienzos de este siglo también, el pueblo Castilletes, a corta distancia de los cerros del mismo nombre, de cinco mil habitantes, tenía dos fuentes de vida, la explotación de las salinas próximas y el contrabando entre Venezuela y Colombia.

El 29 de abril de 1900, fue firmada en Castilletes el acta de los límites entre los dos países. En aquel tiempo, ir a Castilletes, si no se hacía el viaje en barco, era una inquietante aventura a caballo, ya que no existían más caminos que los de recua.

En 1930 comenzó la rapida decadencia de Los Castilletes. Las salinas fueron prácticamente abandonadas y el lugar se fue despoblando, convirtiéndose en lo que es hoy, una ruina; pero aunque no sea más que una ruina, como siempre, se llevó Colombia la mayor parte.

Los guajiros lo dicen; y tienen razón: La Guajira fue siempre la cenicienta de Venezuela. Se la tenía por una región casi imposible de asimilar, sus habitantes indios rebeldes, encerrados en su idioma y en sus tradiciones; de sus costumbres, los frailes motilones que entraron en la región con fines catequizadores, decían que la peor era la poligamia. Los acusaban de viciosos.

No comprendieron que el régimen tribal de los guajiros es un matriarcado, en el que el macho no tiene otra misión importante que la del zángano entre las abejas; que es, o al menos ha sido hasta hace poco tiempo, un sedentario itinerante, haciendo un periplo anual por las tres Guajiras, la Alta, la Media y la Baja, que están precisamente a tres niveles geográficos, lo que tiene por consecuencia que cada una de ellas tenga pasto en el periodo en que las otras dos apenas lo tienen.

La poligamia en los guajiros

El guajiro, indio trasculturado de una zona central de Venezuela a esa extrema y árida, ha sido pastor, poqrue el pasto es lo único que se da en esas tierras lavadas, secas y salobres.

Con sus rebaños, el guajiro caminada en épocas fijas, en estaciones fijas, en estaciones fijas, en busca del pasto, como los cazadores de renos de la prehistoria europea. Cuando se convertía en paja el pasto de un nivel, iba enbusca de otro que estaba reverdecido por las lluvias. En cada nivel necesitaba tener un lugar donde quedarse a vivir, una vivienda, por rudimentaria que fuera, y un aprisco. Y al marchar a otra zona, tenía que dejar al cuido de alguien los animales recién paridos con sus madres.

La solución surgió hace muchas centurias, sin duda, tener un hogar en cada nivel, y a veces en varios lugares de cada nivel; y en cada hogar, necesariamente una esposa.

Esa fue la poligamia racional del guajiro, consecuencia de su manera de vivir. La poligamia está desapareciendo ya de la Guajira, porque los guajiros han dejado de ser pastores. Todo ha cambiado en las últimas décadas; la tradición indígena se pierde entre ellos; y lamentablemente, es posible que también se pierda el idioma, que quedará fosilizado para que lo estudien los lingüistas.

El rito de pubertad del blanqueo entre las vírgenes guajiras, apenas se da en lugares de la Alta Guajira, en Colombia. Las vírgenes guajiras van a la universidad a hacer sus estudios superiores o trabajan. No tienen tiempo para prepararse para el blanqueo, ese encierro, para el matrimonio. Ni aceptan que su esposo tenga otras esposas.

Las misiones de frailes españoles hicieron una mala publicidad de los guajiros, porque no querían tolerar la poligamia. En cambio los frailes italianos, establecidos en la Guajira Colombiana, más hábiles y acomodaticios, no se inmiscuyeron enla vida sexual de los indígenas, con lo que se ganaron su simpatía.

El desconocimiento en que estuvo ese mundo regional hizo que se crearan mitos ridículos.

El fin de la ganadería en la guajira

Los frailes tenían ganado para su uso y enseñaron a los indios a ser pastores. De esa trasculturización surgió el medio de vida de la región, el pastoreo, que ha durado hasta hace dos o tres décadas. Hoy la guajira no es ganadera, ni agrícola. En las últimas décadas, los guajiros han tenido grandes problemas con su ganado; además de la sequía que cada dos o tres años, por lo menos, acaba con el pasto muriendo los animales de hambre, los problemas creados por la importación de ganado colombiano, han repercutido en la zona.

Los ganaderos zulianos, muy influyentes y poderosos, han luchado contra la importación del ganado de Colombia, porque les hace competencia y poder seguir imponiendo el monopolio de su ganado.

Como entre los guajiros colombianos y venezolanos nadie tiene el menor respeto por la frontera, el ganado de Colombia ha pasado por la Guajira hasta Maracaibo, no siempre, pero muchas veces. Las protestas de los ganaderos fueron oídas y se estableció un control, `para evitar el paso del ganado sin que se supiera bien si este era de Colombia o de la misma Venezuela.

En realidad, muchos ganaderos colombianos marcaron sus animales con marcas de ganaderías de Venezuela, de modo que nadie podía saber de dónde eran.- De todos modos, la prohibición tuvo una consecuencia fatal para la economía ganadera de los guajiros venezolanos. Como siempre, la ceniciencia pagaba en beneficio de otros.

Ese fue el comienzo del fin de la ganadería de la región.

Aunque los guajiros han pedido insistentemente, sistemáticamente, que se instalen en su región industrias que los ayuden, que les proporcionen fuentes de producción en las que trabajar, para elevar su bajísimo nivel de vida, no han logrado nada. Su tradicional sistema económico basado en su ganadería ha desaparecido prácticamente, a pesar de ser un sistema legal, se ha reducido a una industria casera, que no es suficiente para los guajiros venezolanos, que si estuvieran todos en su región sumarían unos cuarenta mil.

He expuesto la situación crítica de los guajiros, para pasar ahora a explicar como han tenido que salir de ese mundo de miseria en que estaban encerrados; recurriendo al recurso del contrabando. En las últimas décadas se trató de hacer una industria seudo folklórica, que no dio resultado. Fue una llamarada: la artesanía textil de hamacas, tapices, bolsos y otros útiles. Una de las causas, la subida del precio del hilo.

El contrabando se instala en la guajira

Tençian los habitantes de esa cinta estrecha a la orilla del mar que inventar un medio de existencia. Y recurrieron, como dije, al viejo recurso del contrabando. La tradición del contrabando se limitó durante mucho tiempo a las telas de Colombia, a los cigarrillos rubios, a las prendas de confección y a las más o menos naturales sedas.

Pero dos nuevos factores le aportaron nuevos productos de contrabando a los indios. Por una parte, las guerrillas y grupos paramilitares, que importaron armas y con ello grupos de hampones y atracadores; el otro factor fue la siembra de mariguana en Colombia. La droga comenzó a ser un producto valioso, como contrabando, estando aún prohibido su cultivo y uso en Colombia. Pero sorpresivamente, el gobierno del país vecino decidió tolerar la mariguana, a pesar de haber sido destruidas en un momento muchas hectáreas sembradas de esa planta.

Se construyeron pistas de aterrizaje para los aviones que se llevaban la mariguana. Y comenzó a entrar también por la Guajira en Venezuela.

Armas de fuego y mariguana. Dos productos negativos y peligrosos.

Todos los habitantes de la región, prácticamente, se han dedicado al contrabando, pero hay un tercer producto, que también es importante: el inmigrante ilegal.

En las últimas décadas también se ha intensificado la inmigración, no ya solamente de colombianos, sino también de obreros de otros países, pasando por la frontera de la Guajira.

La contrapartida de esos tres graves problemas se le han presentado a Venezuela, ya que cada día se intensifican más, porque los indios de la frontera del Zulia, desde Castilletes al Alto del Cedro, han entrado en un periodo de renacimiento económico increíble. Jamás soñaron siquiera ganar tanto dinero como están ganando.

Hoy, la guajira está invadida por camionetas de último modelo, en las que los contrabandistas hacen sus negocios y van a disfrutar su dinero.

La cenicienta ha encontrado tres príncipes con los que casarse: armas de fuego para matar, drogas para enfermar y carne humana para explotar. Nadie quiso una Guajira trabajadora y tranquila. Ahora tendrán que aceptarla pilla e inquieta.

La violencia

Los mismos indios están armados hasta los dientes. Todos los vicios que antes no pasaban de la orilla derecha del río Limón por falta de clientes con dinero, han entrado en el Distrito Páez. ¿Dónde están aquellos autos ruinosos, en los que se montaban los guajiros que tenían un mejor nivel de vida? Han desaparecido en los cementerios de carro. Hoy todo es nuevo y caro, lujoso. La especulación se ha extendido en toda la región, hombres y mujeres salen a comprar y vender. No salen ya de la Guajira los jóvenes en busca de trabajo, para ser peones en las fincas, pastores.

Al contrario, muchos de los que estaban trabajando en esas fincas regresan a su tierra para vivir en ella mejor que fuera. En ese mundo de ilegalidad y picardía, los indios han aprendido mucho. A engañar, a burlar y especialmente a sobornar.

Hoy se habla de la mariguana en la Guajira como hace algunos años del queso de cabra. Todo el mundo tiene en su casa, al menos para probar.

Lamentablemente, los jóvenes, a fuerza de vender la droga para los otros, han terminado por usarla ellos mismos y como todos disponen, además, de la euforia del drogado, de armas de fuego, las peleas son frecuentes y a tiros.

Es probable que los viejos caciques que quedan, que son pocos, ya no vuelvan a pedir que se industrialice la salina ni que se siembren peces en las lagunas ni que se instalen fábricas de salazones. ¿Quién iría a trabajar ahora en esas empresas? No serían los contrabandistas, y los contrabadistas hoy son casi todos.

Desde hace unos años, una empresa pesquera colombiana dispone de una flotilla de unos cincuenta barcos; me han asegurado que la cuarta parte pertenece al gobierno. No lo he podido confirmar. La empresa se llama Vikingos.

Esa flotilla va a pescar en aguas venezolanas, en la rica región marítima del golfo de Venezuela, frente a la costa de la Guajira.

Aunque está prohibida, hacen la pesca de arrastre. Los pescadores colombianos se aproximan hasta trescientos metros de la orilla que no está vigilada convenientemente; los guajiros, que nunca fueron pescadores, no le dan importancia al hecho, que siquiera denuncian a las autoridades. Aunque la pesca está dedicada al camarón y al langostino, la pesca de arrastre destroza el habitat del pargo, la langosta y otras especies en las que es rica la región.

Cito este caso de pesca ilegal para dar una idea de lo abandonada que está esa región. Los pescadores afectados por esa empresa de pesca no pueden siquiera presenta una queja en forma legal, para defenderse, porque para hacerlo endrían que viajar a Cartagena de Indias, en Colombia, donde la empresa tiene su sede. Lo que, por otra parte, sería completamente inútil. ¿Quién se ocupa de poner fin a ese abuso que está acabando con la pesca en esa costa?

Sin gran esfuerzo, la corta costa de la Guajira podría estar vigilada.

Maicao

El puesto fronterizo de Maicao, de la Guardia Nacional venezolana, tiene que dejar pasar a todos los que así lo desean hacia el primer poblado venezolano, como la ley lo ha establecido en todos los pueblos fronterizos de uno y otro lado ed la línea de demarcación, pero a unos trescientos metros más allá de Maicao está la alcabala, militar como todas las de Colombia, seguida de otra civil; en esta le cobran al viajero dos bolívares o su equivalente en moneda colombiana, como derecho de peaje, en la misma forma que en algunos barrios de Caracas hacen los hampones. No hay ley que atorice ese atropello, pero habría al menos una forma de compensación; iomponer la misma medida en compensación a todos los colombianos que viajan a Guarero.

Maicao es un pueblo que vive exclusivamente de las migajas que caen del banquete de la frontera.

Los 141 kilómetros de frontera de la Guajira son uno de los lugares de paso continuo de indocumentados, especialmente de noche. Las organizaciones que los hacen pasar envían continuamente grupos mixtos, de hombres y mujeres, que son guiados por conocedores del terreno, casi todos guajiros de Colombia o de Venezuela.

Parten de diferentes lugares de Colombia y son lleados hasta cerca de la frontera en transportes colectivos; allí, a unos kilómetros de la línea de demarcación, suelen esperar la noche; agrupados, silenciosos, ocultos en el campo: para emprender la marcha, a pie, en fila india, por las zonas desérticas, por los arenales y tierras áridas; a la cabeza, el guía, generalmente aprovechan las noches oscuras, sin luna.

Rara vez son sorprendidos por las autoridades de Venezuela en esas expediciones nocturnas, que casi cada noche se hacen por uno o varios lugares, pero de cuando en cuando aparece de pronto un hombre, un guajiro armado con una metralleta, que los detiene, amenazando con matarlos en caso de que no lo obedezcan. El grupo aterrado, obedece. Generalmente les quitan todo lo que llevan, prendas y dinero. El guía está callado, inmóvil, asistiendo a la escena.

A veces hablan el asaltante y el gúia, separados del grupo de indocumentados. Algunas veces regresa el guía, otras, no. La gente, asustada, espera, apretujados, como protegiéndose unos a otros. Cuando regresa el guía, les dice que el asaltante le ha robado el dinero a él también, pero que de todos modos los va a llevar a un sitio seguro.

Cuando no vuelve, el grupo, pasadas algunas horas, se decide a actuar por cuenta propia, hay gente que se acobarda y retrocede, tratando de regresar al lugar de donde partieron en grupo, otros, los más, quieren acabar la aventura tratando de seguir sin nadie que los guíe.

¿Qué relación hay efectiva entre el atracador que los asalta y el guía que los conduce? Nadie lo sabe. ?Ha sido una comedia preparada de antemano para estrujar hasta el último centavo a los inmigrantes? En otras ocasiones, por una razón desconocida, el guía, en un momento determinado, estando ya en territorio venezolano, desaparece.

En esos casos, no es raro que dando vueltas acaben por ser encontrados por la Guardia Nacional, detenidos, encarcelados y expulsados.

 

 

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