Omar Torrijos – Cruce de Mula y Tigre

Omar Torrijos es uno de los personajes más interesantes en la historia de Latinoamérica. Muchos lo compararon con Perón, otros con Fidel Castro, siendo quizás una de las definiciones más curiosas de Torrijos la que dio Gabriel García Márquez, mencionando que era un «cruce de mula y tigre», ya que entremezclaba en su personalidad la tenacidad de la mula, con la fiereza y valentía, capacidad de lucha, del tigre. Muchos recuerdan cuando Estados Unidos, instalado aun en la zona del canal, decide hacer una exhibición de poder con los ejercicios llamados «Operación Furia Negra», a lo que Torrijos responde con ejercicios militares que bautizó: «Uy, uy, uy, qué miedo». Recreamos para nuestros visitantes una de las entrevistas (fragmento) más interesantes hechas a este líder histórico en la región, por el periodista español Joaquín Soler Serrano el 2 de julio de 1980, en y transmitido en su programa «Personajes a fondo».

Omar Torrijos – Entrevista con Joaquín Soler Serrano

– ¿Entró usted en la historia, general?

– Entró una lucha generacional. La conquista de nuestra soberanía no se debe a un hombre, sino al esfuerzo de muchas generaciones que tuvieron sus héroes y mártires a través de setenta años de lucha. Tras esa bandera panameña que hoy simboliza nuestra soberanía ondeando en el cerro Ancón, el más alto de la zona, hay toda una larga lucha de generaciones panameñas jamás resignadas a que su país fuera conquistado por la fuerza.

– Curiosamente, usted, general Torrijos, ese día en que el pueblo entró por fin lleno de júbilo en la Zona del Canal, usted no estaba allí. ¿Por qué?

– Porque la conquista no era mía; era la conquista de un pueblo. Yo no fui el protagonista. El protagonista fue mi pueblo. Y lo sigue siendo.

– Le veo a usted ahora y aquí en su casa del Farallón, una casa a la orilla del mar, verdaderamente deliciosa, en este lugar tropical. Un lugar que fuera base de ocupación norteamericana durante muchs años. Y yo me pregunto como el hombre que durante diez años ha tenido el poder y la fuerza en este país, se resigna ahora a una misión secundaria, aunque – eso sí- entregado a su vocación militar como comandante en jefe de la Guardia Nacional. ¿No siente como si algo dentro de usted se hubiera quedado vacío?

– No. Yo soy un convencido de que ningún dirigente merece hacerse indispensable por mucho tiempo. Las misiones y los objetivos deben tener fecha de cumplimiento. Siento ahora la profunda satisfacción de haber propiciado que se genere en Panamá una nueva clase de dirigentes y gobernantes. Los triunfos de ellos son los míos. El orgullo de ellos, es el mío. Y por eso usted puede ver que salgo poco de aquí. Pero aunque parezca que estoy solo, estoy profundamente acompañado por la satisfacción de haber sido uno de los factores del rediseño de una nueva nación.

– Y no le tienta la idea de volver a la política activa?

– No. Pero nadie se lo cree. Es necesario que el tiempo transcurra para que todos convenzan de que hablo con sinceridad. Yo considero que si vuelvo como el «santo» principal en la procesión política, el proceso ha fracasado, al no haber podido producir, por vía eleccionaria, a la persona que deba jefaturar la nueva actitud y el nuevo gobierno.

– Su figura, general Torrijos, tiene perfiles tan singulares que se hace difícil de entender para el español medio. De una parte se dice que tiene usted inclinaciones comunistas, y de otra que es usted abiertamente pro yanqui. ¿Cuál es la verdadera definición política de Omar Torrijos?

– Seguramente yo soy una víctima de la manía de definirlo todo por el expeditivo método de colocar una etiqueta. Nunca, y tal vez sea por el profundo respeto que siento por el hombre, he tratado de imponer criterios. En todos los órdenes de mi vida he contado siempre con el hombre, que es en definitiva el usuario del desarrollo. Estamos viviendo una época en la que se pierde demasiado tiempo tratando de definir las cosas en lugar de solucionarlas. Yo creo en la solución y no en la definición.

– Recuerdo una vieja frase suya, que me llamó la atención, y que acaso explica lo que es su idea de la política. Y es aquella de no hacerlo con la mano derecha ni con la mano izquierda, sino que es con la sdos manos como hay que trabajar…

– Exactamente. Esa es mi idea. Y aún más; con las dos manos, hay veces en que no se alcanzan resultados, y Panamá es un ejemplo del esfuerzo de una generación que sin matrimoniarse con ninguna idea política, pudo configurar un país diferente.

– Sin embargo, dentro del espectro revolucionario latinoamericano, hay dos figuras con las que a veces se le ha comparado a usted. Hablo de Fidel Castro y del Che Guevara.

– En todo dirigente hay muchos componentes. Es probable que se me identifique con esas figuras en lo del profundo cariño que sintieron por su pueblo, en la gran vocación de inmolarse por los demás, en la preocupación de que no haya niños sin escuelas y de que el desarrollo alcance a todos y no solo a unos pocos.

– Se ha creado un mito en torno a la figura del general Torrijos, de tal modo que intelectuales como García Márquez y Graham Greene, por ejemplo, se han inspirado en su figura para crear modelos o personajes de sus obras de ficción. Pero pienso que se le ha dado a usted la pintura del caudillo tradicional de estas latitudes, del hombre de acción por excelencia.

– No es caudillo el que quiere, sino el que puede. Nadie puede autonombrarse caudillo; lo nombran los pueblos. Yo admito que irrumpí en la vida política de forma violenta, en el 68 y sin ningún apoyo popular, porque el uniforme estaba muy desprestigiado. Se asociaba el uniforme a la represión, ya que las FF.AA. se habían casado en primeras, segundas, y terceras nupcias con los peores intereses del país: con la oligarquía. Y esa base de cariño popular me la fui ganando poco a poco, bajo el slogan de: «No crean lo que yo les digo; miren lo que yo hago». Y lo cierto es que diez años después tengo la satisfacción de haber podido comprobar la teoría de que quien le da cariño a su pueblo, recibe cariño de ese pueblo.

– Desde que usted se replegó a sus cuarteles de invierno, abandonando la política activa, y Aristides Royo pasó en las últimas elecciones a ostentar la Presidencia de la República, usted es comandante de la Guardia Nacional. Quiere decir que sigue usted teniendo poder. Y hay gentes que dicen que tiene usted el verdadero poder, y es un director de orquesta en la sombra. ¿Hay algo de eso, general?

– Sí, pero no puedo rebatir esas creencias más que con el devenir del tiempo. Yo no creo que la fuerza o el poder que dicen que tengo emane de la suma de todos los fusiles con el que cuentan las fuerzas armadas. Si algún poder tengo, nace del afecto que haya podido conseguir de mi pueblo. Y si cierto poder existe, sus rasgos son más bien de mística y de espiritualidad, y no de un poder que emane de la fuerza.

– Usted fue un decidido oponente del régimen de Somoza en Nicaragua, y todos creen que su contribución a derrocarlo fue muy importante. ¿Podría contarnos de qué modo participò en ese empeño histórico?

– He sentido una de mis mayores satisfacciones en que la generación de la revolución sandinista me permitiera participar en el derrocamiento y la erradicación de una de las dinastias más sangrientas, perversas, canallas y corruptas que ha sufrido América Latina. Esa generación me dio el honor de que yo participara. Tuve entrevistas con ellos desde mucho tiempo atrás y me di cuenta de que tan asesino es el que mata, como el que ve masacrar un pueblo y no interviene. Y llegué al convencimiento de que a esos muchachos no los podía dejar solos. Los esfuerzos que estaban haciendo debían ser respaldados a fin de que murieran los menos posibles de aquel grupo, basándome en el concepto de que quienes estaban muriendo eran los que sobresienten a la patria, y cuando un dirigente de esta naturaleza muere, mueren también una esperanza y un futuro vivo. Por eso intervine, con otros dirigentes de Venezuela y Costa Rica, para evitar que la masacre se prolongara por más tiempo.

– El sandinismo triunfante, ¿alterará el equilibrio geopolítico de Centroamérica?

– Será determinante, pese a que ellos no tratan de exportar su revolución. Todos sabemos que aunque las revoluciones no se exporten, los ejemplos sí se imitan. El sueño de una reforma en los países de la zona cobra más fuerza en El Salvador, en Guatemala, en Honduras…

– Y para Panamá ¿No puede ser peligroso el florecimiento de este fenómeno revolucionario en países próximos?

– Es inquietante, porque las luchas se están escenificando a nuestras puertas. Ya hace diez años previne que o se hacían determinados cambios, o los panameños que no hallaban solución a sus problemas, iban a tratar de encontrarla por su propia cuenta.

– Hay quienes entienden que Panamá está vacunado contra todo germen revolucionario por la presencia militar norteamericana en las bases.

– No, mi amigo. Nuestra vacuna no es esa. No se basa en los componentes de fuerza que tenga el Comando Sur. Nuestra vacuna consiste en que desde hace diez años, el gobierno propició una serie de cambios que nos llevan actualmente a poder manifestar, que ningún sector de la sociedad panameña está lo suficientemente ofendido como para tratar de redimir su situación por la vía violenta. Tuvimos que actuar amplia y profundamente, aumentando las escuelas, construyendo carreteras y acueductos, redistribuyendo la dependencia de la tierra y estableciendo un gobierno que diera al pueblo todas las instancias de solución pacífica a todos los problemas que se planteran. Esa es nuestra vacuna.

 

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