Sermones y Moradas – Rafael Alberti

La poesía de Rafael Alberti (1902 – 1999), está muy vinculada a España. Como parte de la generación del 27 y además como militante comunista, perseguido, exiliado durante el franquismo, algunos de sus textos se vinculan a duras épocas vividas. Sermones y Moradas representa, en palabras de su autor, «el final de la crisis devastadora de aquellos cuatro años míos anteriores a la República».

El libro cierra un ciclo, precedido por «Sobre los Ángeles», «Yo era un tonto y lo que he visto me ha vuelto dos tontos», «Cal y canto»…

«Los Ángeles, al abandonarme, solo me habían dejado el hueco de la herida por la que se escaparon como un humo deshecho. ¿Qué me quedaba al fin? Moradas sin aire. Sermones rebotando contra un muro, sin réplica posible. Pero tal vez una pequeña luz se adivinaba ya al fondo de aquel tunel.» Rafael Alberti. 1967.

Sermones y Moradas – Rafael Alberti

Sermón de las Cuatro Verdades

En frío, voy a revelaros lo que es un sótano por dentro.

Aquellos que al bucear a oscuras por una estancia no hayan derribado un objeto, tropezado contra una sombra o un mueble; o al atornillar una bujía, sentido en los más íntimo de las uñas el arañazo eléctrico e instantáneo de otra alma, que se sueñden con dos balas de piedra o plomo los oídos.

Huyan los que ignoran el chirriar de una sierra contra un clavo o el desconsuelo de una colilla pisada entre las soldaduras de las losas.

Permanezcan impasibles sobre los nudos de las maderas todos los que hayan oído, tocado y visto.

Van a saber lo que es un sótano por dentro.

La primera verdad es esta: 

  • No pudo aquel hombre sumergir sus fantasmas, porque siempre hay cielos reacios a que las superficies inexploradas revelen su secreto.

La mala idea de Dios la adivina una estella en seguida.

Yo os aconsejo que no miréis al mar cuando es enfriado por el engrudo, y papeles de estraza absorben los esqueletos de las algas.

Para un espíritu perseguido, los peces eran solo una espina que se combaba al contacto de un grito de socorro o cuando las arenas de las costas, fundidas con el aceite hirviendo, volaban a cauterizar las espaldas del hombre.

No le habléis, desnudo como está, asediado por tres vahos nocturnos que le ahogan: uno amarillo, otro ceniza, otro negro.

Atended. Esta es su voz:

Mi alma está picada por el cangrejo de pinzas y compases candentes, mordida por las ratas y vigilada día y noche por el cuervo.

Ayudadme a cavar una ola, hasta que mis manos se conviertan en raíces y de mi cuerpo broten hojas y alas.

Alguna vez mis ascendientes predijeron que yo sería un árbol solo en medio del mar, si la ira inocente de un rey no lo hubiera inundado de harina y cabelleras de almagra no azotaran la agonía de los navegantes.

Ya podéis envaneceros de la derrota de aquel hombre que anduvo por el océano endurecido para ahogar sus fantasmas y sólo consiguió que los moluscos se le adhirieran a la sangre y las algas más venenosas le chuparan los ojos cuando la libertad empujaba hacia él, corneándole desde el demonio más alto de los rompehielos.

La segunda verdad es esta: 

  • Una estrella diluida en un vaso de agua devuelve a los ojos el color de las ortigas o del ácido prúsico.

Pero para los que perdieron la vista en un cielo de vacaciones, lo mejor es que extiendan la mano y comprueben la temperatura de las lluvias.

Al que me está leyendo o escuchando, pido una sola sílaba de misericordia si sabe lo que es el roce incesante de una mano contra las púas mohosas de un cepillo.

También le suplico una dosis mínima de cloruro de sodio para morder los dedos que aún sienten en sus venas la nostalgia del estallido último de un sueño: el cráneo diminuto de las aves.

He aquí al hombre.

Loco de tacto, arrastra cal de las paredes entre las uñas, y su nombre y apellidos, rayados con fuego, desde los vértices de los pulmones hasta las proximidades oscuras de las ingles.

No le toquéis, ardiendo como está, asediado por millones de manos que ansían pulsarlo todo.

Escuchadle. Esta es su voz:

Mi alma es solo un cuerpo que fallece por fundirse y rozarse con los objetos vivos y difuntos.

En mi cuerpo hubiera habitado un alma, si su sangre no le llevara, desde el primer día que la luz se dio cuenta de su inutilidad en el mundo, a sumergirse en los contactos sin eco: como el de una pierna dormida, contra la lana sórdida de un cobertor o un traje.

Voy a revelaros un asombro que hará transparentar a los espulgabueyes el pétreo caparazón de las tortugas y los galápagos:

El hombre sin ojos sabe que las espaldas de los muertos padecen de insomnio porque las tablas de los pinos son demasiado suaves para soportar la acometida nocturna de diez alcayatas candentes.

Si no os parece mal, decid a ese niño que desde el escalón más bajo de los zaguanes pisotea las hormigas, que su cabeza pende a la altura de una mano sin rumbo y que nunca olvide que en el excremento de las aves se hallan contenidas las oscuridad del infinito y la boca del lobo.

La tercera verdad es esta: 

Para delicia de aquel hombre a punto de morder las candelas heladas que moldean los cuerpos sumergidos por el Espíritu Santo en el sulfuro de los volcanes, la agonía lenta de su enemigo se le apareció entre el légamo inmóvil de una tinaja muerta de frío en un patio.

Vais a hacerme un favor, antes que estallen las soldaduras de los tubos y vuestras lenguas sean de tricalcina, yodoformo o palo de escoba: electrizad las puertas y amarrad a la cola del gato una lata de petróleo para que la muchedumbre de los ratones no cuente a la penumbra de las despensas la conversión de unas manos en cilicios ante el horror de unos ojos parpadeantes.

Y como en las superficies sin rosas siempre se desaniman cascotes y ladrillos que dificultan la pureza de las alpargatas que sostienen el aburrimiento, el mal humor y el cansancio del hombre, idlos aproximando cuidadosamente al filo de eaquella concavidad limosa donde las burbujas agonizantes se suceden de segundo en segundo.

Porque no existe nada más saludable para la arcilla que madura la muerte como la postrera contemplación de un círculo en ruina.

Yo os prevendo, quebrantaniños y mujeres beodos que aceleráis las explosiones de los planetas y los osarios, yo os prevengo que cuando el alma del enemigo hecha bala de cañón perfore la Tierra y su cuerpo ignorante renazca en la torpeza del topo o en el hálito acre y amarillo que desprende la saliva seca del mulo, comenzará la perfección de los cielos.

Entre tanto, gritad bien fuerte a esa multitud de esqueletos violentadores de cerraduras y tabiques, que aún no sube a la mano izquierda del hombre la sangre suficiente par aestrangular bajo el limo una garganta casi desposeída ya del don entrecortado de la agonía.

La cuarta y última verdad es esta: 

  • Cuando los escabeles son mordidos por las sombras y unos pies poco seguros intentan comprobar si en los rincones donde el polvo se desilusiona sin huellas las telarañas han dado sepultura a la avaricia del mosquito, sobre el silencio húmedo y cóncavo de las bodegas se persiguen los diez ecos que desprende el cadáver de un hombre al chocar contra una superficie demasiado refractaria a la luz.

Es muy sabido que a las oscuridades sin compañía bajan en busca de su cuerpo los que atacados por la rabia olvidaron que la corrupción de los cielos tuvo lugar la misma noche en que el vinagre invadió los toneles y descompuso las colchas de las vírgenes.

No abandonéis a aquel que os jura que cuando un difunto se emborracha en la tierra, su alma le imita en el paraíso.

Pero la de aquel hombre que yace entre las duelas comidas y los aros mohosos de los barriles abandonados, se desespera en el fermento de las vides más agrias y grita en la debosadura de los vinos impuros.

Escuchad. Esta es su voz:

Mi casa era un saco de arpillera, inservible hasta para remendar el agujero que abre una calumnia en la órbita intacta de una estrella inocente.

No asustaros si os afirmo que yo, espíritu y alma de ese muerto beodo, huía por las noches de mi fardo para desangrarme las espaldas contra las puntas calizas de los quicios oscuros.

Bien poco importa a la acidez de los mostos descompuestos que mi alegría se consuma a lo largo dfe las maderas en las fermentaciones más tristes que tan solo causan la muerte al hormigón anónimo que trafica con su grano de orujo.

En frío, ya sabéis lo que es un sótano por dentro.

 

  • Sermones y Moradas – Sermón de las Cuatro Verdades. Rafael Alberti.

 

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