El Alegre – Rafael Delgado

Nunca supieron su nombre, llegó a las minas en Santa Elena de Uairén, Venezuela, desde Brasil y se dio a conocer como «El Alegre», haciendo honor a su apodo hasta el último día que lo vieron. Su llegada trajo alegría a la gente en la mina y al partir, todos, desde las cocineras hasta el patrón de la mina, lo lloraron amargamente.

Esta historia/entrevista forma parte del libro «Los Indocumentados. Dos mundos en conflicto» de Rafael Delgado, uno de los trabajos más interesantes hechos sobre la inmigración en Venezuela durante los años 80. Aunque la situación actual ha cambiado drasticamente, es una joya como trabajo de investigación. Sobre este libro estaremos analizando datos y publicando algunas de las historias reales que su autor plasmó en este trabajo que me permito recomendarles. En este caso, compartimos la entrevista hecha por Delgado a un grupo de trabajadores indocumentados en las minas venezolanas cerca de la frontera con Brasil en el año 1980.

El Alegre – Rafael Delgado

Los Indocumentados libro de Rafael Delgado

 

Como de costumbre, reuní a un grupo de cinco o seis personas para que contaran algo acerca de los indocumentados en el lugar.

– En las minas antes todos eran indocumentados. Nos daban un permiso para trabajar y eso era lo que teníamos.

RD:¿Pero los extranjeros?

– Era igual, que fueran extranjeros como venezolanos.

RD: ¿Pero el más raro de los extranjeros que conocieron, quién fue?

– ¿El más raro?

RD: Bueno, sí. El que se parecía menos a los otros; siempre hay alguien que nos parece distinto; y decimos de él: Ese sí que es un tipo raro. ¿No les ha pasado nunca una cosa así?

– A mí sí; he conocido tipos raros. Te acuerdas, Antonio, de aquel que se cortaba siempre con la navaja y decía que lo hacía porque le gustaba ver correr la sangre?

– Yo lo conocí. Estaba loco. Se fue a su país y no volvió más.

RD: ¿Nadie recuerda de alguien más raro, entonces?

– Yo recuerdo a uno, pero pocos de los que están aquí los conocieron, porque trabajaba hace mucho tiempo en una mina de lejos de la carretera; por lo menos a un día de camino, cerca de la sierra.

– ¿Cerca del Paují, está una carretera que va a esa mina?

– Sí, pero no es una carretera, es un sendero que cuando llueve no sirve siquiera para la gente a pie o las mulas, que van por los peores sitios.

Quien hablaba sobre el personaje era un hombre viejo, con el cabello blanco. Aproveché la oportunidad par apreguntar algo que siempre me había extrañado, cuando iba a visitar una mina:

RD: ¿Por qué la entrada de las minas está siempre en malas condiciones? Yo he visto caminos de minas, que con un poco de buena voluntad podrían arreglarse. Bastaría simplemente que cuando pasan por ella los mineros, la fueran acomodando poco a poco.

Algunos se echaron a reír.

RD: ¿He dicho alguna tontería?

– No, señor. Es que nos da risa.

RD: ¿Por qué les da risa, lo puedo saber?

– Es porque nos acordamos de las caídas que nos hemos dado por ahí.

El hombre del cabello blanco habló de nuevo.

– Yo se lo voy a decir, porque estos lo único que saben es reírse de nada: No es que no se puedan arreglar esos caminos, es que los amos de las minas no tienen interés en que estén arreglados.

RD: ¿Y por qué? ¡Me parece muy raro!

– Pues es muy sencillo; mientras peor es el camino, menos gente va a la mina; y mientras menos gente va a la mina, menos se sabe de ella. La mina es siempre un misterio. Y a los mineros, sobre todo a los que tienen una concesión, les gusta que el misterio siga.

RD: Está bien, lo comprendo. ¿Usted decía de un hombre que trabajaba en una mina, que era raro?

Imagen referencial.

La Llegada de El Alegre a las minas de Santa Elena de Uairén

– Eso decía. Yo estaba en la mina cuando él llegó. Era un brasileño; y si los brasileños son alegres, aquel era más alegre que los otros. Se divertía con nada; cuando se resbalaba, cuando se caía, cuando se daba un golpe; cualquier cosa que le pasara que a otro le hubiera irritado, a él le hacía reír. Le voy a decir algo que yo he pensado después de haberlo tratado allí: aquel hombre nos cambió a los que estábamos a su lado; fue como un medicamento para el dolor, la tristeza, la angustia, lo que uno pudiera tener.

Ya sabe usted que los mineros cavilan mucho; no porque sean inteligentes, sino porque tienen que pasar muchas horas solos, especialmente por las noches, cuando nos desvelamos. Pues bien, desde que él llegó a la mina pareció como si se hicieran las cosas más sencillas, más simples. Cuando él veía a alguien que estaba en un rincón solo, se acercaba y le echaba el brazo por encima: «Vente conmigo, que donde estoy yo no hay hombre que esté triste. Cuenta, hermano, cuenta, que contando se va la pena»… Y se iba la pena, sí señor, se la llevaba el viento.

RD: ¿Y era un buen trabajador?

– De los mejores, era muy apreciado también por eso. Era el primero en levantarse cuando sonaba la campana; porque en aquella mina había una campana para despertarnos. Como buen brasileño, de buena mañana ya estaba cantando y dando pasos de baile mientras se arreglaba… También era el último para acostarse. No dormía apenas y sin embargo, era muy fuerte. La compensación debía estar en lo mucho que comía. Era increíble. Y bebía igualmente, bebía agua, cerveza, ron, whisky, que por entonces se estaba usando mucho en la mina, porque unos gringos que trabajaban en Santa Elena de Uairén nos fueron acostumbrando, de verlos beber a ellos.

RD: ¿Y no sabían ustedes nada de la vida de ese hombre tan alegre?

– Nada; llegó a la mina, se puso a cantar y a trabajar y no nos dijo nada. Algunas veces que le preguntamos si era soltero, de dónde era, nos fue contestando más o menos así: «Amigos, cuando se trabaja entre muchos, se olvida uno de sí; Qué importa que yo sea casado o no, si no vivo con una mujer; qué importa que sea de lejos si estoy aquí; ¿Qué importa lo que he hecho si ya no lo puedo volver a hacer? Aquí estoy, amigos y si alguien tiene alguna queja de mí, que me lo diga, que yo le daré una satisfacción… El que sea que levante el dedo» ¿Quién iba a levantar el dedo, si estábamos uno por uno encantados con él?

RD: ¿Cómo se llamaba?

– La verdad es que no me acuedo, si es que alguna vez lo supe. Cuando llegó y le preguntaban decía: «Quieren ustedes ser buenos conmigo, sí? Pues, llámenme El Alegre. Porque yo soy eso precisamente, El Alegre. Hace mucho tiempo que le hice un trato a la tristeza; que se fuera lejos de mí, porque si se quedaba a mi lado la desprestigiaría… Y la tristeza se fue… Y yo les apuesto a ustedes que si alguien está triste yo le saco ese clavo amargo en dos minutos. El que quiera que haga la prueba, que yo cumplo mi palabra siempre»

RD: Sí que era raro ese hombre.

– Ahora recuerdo que yo oí hablar de él – mencionó otro de los trabajadores.

El narrador se dirije a quien lo interrumpe, para decirle:

– Por el momento, no te acuerdas bien, pero cuando termine mi relato sí que te acordarás, puedes estar seguro.

– Ahora estoy pensando que alguien me habló de ese hombre – dijo otro.

RD: Bien; déjenlo que siga su relato.

– ¿Pero es que le interesa, señor, lo que le estoy contando?

RD: Es claro que me interesa, y no a mí sino a los compañeros que lo están escuchando también. ¿Verdad que les interesa?

– ¡Mucho!

– Nos interesa ¡Claro que nos interesa!

El hombre del pelo blanco pareció satisfecho:

– Bueno, me alegro, porque yo siempre pienso, cuando estoy triste, en aquel hombre y tengo que reconocer que es la persona más singular que he conocido; muy peculiar, señor, muy peculiar.

RD: Sin duda que lo es; con lo que ha  contado es bastante para afirmalo. ¿Y siempre fue así de alegre? ¿No le pasó alguna vez algo que lo amargara?

– No, no; nunca lo vimos amargado. Y eso que tuvo sus contratiempos.

RD: ¿Qué contratiempos?

– Bueno, que yo recuerde ahora, dos. Un día se partió el dedo al caer sobre una piedra. Tenía el dedo completamente fuera de su sitio, pero no tenía ninguna herida por fuera. Se quedando mirando su dedo y dijo: «Este dedo cree que me va a amargar, pero está muy equivocado, porque yo le voy a poner dos tablitas a los lados y va a tener que quedarse como es debido. ¡Nada de dejarme amargar por un simple dedo, no faltaría más que eso!».

Le pidió a un compañero que le cortara dos pequeñas tablas en la forma que él le dijo y las puso por encima y por debajo del dedo y las ató con un cordel. Luego, les dijo a los que lo rodeaban, extrañados de aquella facilidad con que había resuelto el caso: «Un dedo es importante, pero no lo bastante para amargar el resto del cuerpo». Y dejó el dedo así, siguió trabajando y al cabo de más o menos un mes, se quitó las tablitas y el dedo se quedó como antes del accidente.

RD: ¡Es increíble!

– Eso decíamos nosotros, pero yo estaba allí y lo vi, nadie me lo ha contado. Era un hombre que entendía un poco de todo. Cuando le preguntábamos como era que sabía tantas cosas, nos decía riendo: «El que rueda, aprende, y yo he rodado mucho, mucho, por allá y por aquí. Ver, compañeros, ver, es lo que más enseña. El ojo es el pozo de la ciencia, por él lo descubrimos todo, pero hay mucha gente que mira y no ve».

RD: ¿Y la otra cosa que pasó?

– ¿La otra? ¿Yo dije que le pasó otra cosa?

RD: Sí. Si lo dijo, otra cosa que tampoco le quitó la alegría.

– ¡Ah, sí, es verdad, sí lo dije!! Ahora lo recuerdo: Un día estando trabajando, al meter la mano en una mata lo mordió una culebra. Era muy venenosa y la mano se le hinchó enseguida. Pero rápidamente sacó el cuchillo y le dijo a otro que estaba a su lado: «Corta aquí». Le señaló la herida. El hombre cortó como le pedía y se puso él mismo a chuparse sangre de la herida. Luego, se puso una correa muy apretada en el brazo y se echó en la hamaca.

Fuimos algunos a hablarle, pero no nos contestó siquiera, estaba medio dormido. Por la mañana, nos extrañamos de ver que se levantaba como todos. El patrón le prohibió que trabajara, porque quería ir con los demás al trabajo, no se lo permitió al final el patrón. Pero lo más extraño es que la hinchazón había bajado; y no se le notaba otra cosa en la mano donde había sido picado más que dos puntos azulados, que él dijo que eran las huellas de los colmillos del animal.

Le preguntamos como había logrado que no se le hinchara más el brazo, y nos dijo: «Concentración. Me he estado concentrando toda la noche para eso». No sé muy bien qué podía hacer contra el veneno de culebra la concentración, pero el caso es que estaba allí, casi sin señal de lo que había sido una mordedura de un animal ponzoñoso.

RD: ¡Quién sabe, el poder mental a veces es extraordinario!

– Nos asombraba a cada momento, pero lo más impresionante de él es que nos transmitía el optimismo en cualquier momento en que lo necesitábamos. Los domingos organizaba bailes y nos enseñaba los de su país. Cuando se iba al pueblo de Santa Elena de Uairén a cualquier asunto personal, la mina parecía otra, más sombría y dura… Era muy generoso; lo suyo lo partía con cualquiera, con el primero que se le acercara.

RD: ¿No pertenecía a alguna secta religiosa?

– No lo supimos. Si perteneció no quería decirlo. Lo único de él que no comprendíamos era su reserva con respecto a su vida pasada. No nos quería contar nada. Los mineros, como no tenemos mujer a quien contarle nuestras cosas, acábamos por hablarlas con los compañeros. No hay secretos entre nosotros; hay grupos, que se forman por nacionalidad o por otra razón; y dentro del grupo hay más confianza que entre los demás, pero no hay minero que un día, aunque sea un antiguo malhechor, como hemos visto algunos, no termine, sereno y borracho, por contar su vida y la razón que lo trajo a la mnina. Porque a la mina no se viene siempre por afán de ganar dinero; se viene a veces huyendo de algo…

RD: Incluso de la policía.

– Incluso de la policía, en efecto.

RD: O de alguien.

– También, pero otros vienen, muchos creo yo, por un desengaño que han sufrido; y quieren salir del mundo en que les sucedió eso, y vienen a meterse en este otro, que es uno de los más terribles.

RD: ¿Por qué terrible?

– Porque aquí se van dejando las ilusiones una a una. Y se van perdiendo los impulsos. Un día, cuando uno piensa que no es esta una vida apropiada, se ve como algo lejano y confuso, algo muy borroso, lo que se fue antes. Y no tiene uno el valor de afrontar la lucha por la vida en la ciudad, entre tanta gente.

RD: Sin duda sabe usted bien lo que es esta vida, porque ha pasado una gran parte de la suya como minero.

– Sí, no quiero desalentar a los jóvenes…

RD: No se preocupe, diga la verdad; nos interesa saber lo que piensa usted que tanta experiencia tiene.

– Sí, siga, no se preocupe por nosotros – comentó otro minero, mucho más joven.

El joven, que hasta ese momento no había dicho nada, le preguntó de golpe lo siguiente:

– Si usted tuviera un hijo, y él quisiera ser minero, ¿Qué le aconsejaría usted que hiciera?

– Yo no he tenido nunca un hijo.

– Es igual, si su mejor amigo quisiera ser minero…

– Ustedes quieren ponerme contra la pared, para que les diga algo, pero no es posible porque nunca he tratado de imponer ni mi voluntad ni mis ideas a nadie. Nunca. Si yo tuviera que dar un consejo sobre la mina a una persona querida por mí, lo que haría sería explicarle lo que es la mina; honestamente, la verdad; lo bueno y lo malo que tiene. Y dejaría que hiciera lo que mejor le pareciera.

RD: Es justo que hiciera usted así.

– Uno puedo ver las cosas desde un lado, pero otro puede verlas desde otro lado y parecerle que son diferentes.

RD: Es así, en realidad. Nadie sabe la verdad completa.

– Y les voy a poner un ejemplo. El Alegre, podría decir de la mina lo mejor del mundo aunque pasara en ella lo peor del mundo; porque él tenía una manera de ver aquello de color de rosa. Nadie le hubiera podido hacer creer que la mina puede ser fatal, y que iba a serlo para él…

RD: ¿Al final le pasó algo malo?

– Sí.

RD: ¿Allí mismo, en la mina?

– Allí mismo, sí.

RD: Parece imposible, después de los dos problemas que resolvió tan fácilmente en esas dos ocasiones.

– Yo diría que…

RD: Por favor, déjenlo que cuente él lo que tiene que contar, porque lo distraen con sus comentarios, hable usted.

El hombre del cabello blanco hizo un signo afirmativo con la cabeza y volvió a hablar.

– Un día, El Alegre nos dijo que quería celebrar con una pequeña fiesta el día de su cumpleaños. Le preguntamos cuántos cumplía…

– Pero no quiso decirlo.

– Eso ya lo suponíamos.

RD: Callen, por favor. Siga.

– Nos dijo que tenía 20 años y cuando pasaran muchos más años llegaría a tener 19, que de esas dos fechas no iba a pasar nunca.

RD: Era siempre original.

– Esa es la palabra que yo buscaba antes para decir cómo era y no la encontré. Eso es, era original.

RD: Sin duda alguna que lo era.

– Sí; había ido poco antes a Santa Elena de Uairén y había traído una maleta nueva, que parecía pesar mucho porque le costaba trabajo llevarla. Tampoco nos dijo nada acerca de la maleta. Y un día comenzó a sacar cosas de ellas, cosas raras, porque en cada detalle tenía que hacer lo que fuera de una manera distina a los demás. Sacó farolillos de papel de seda, de diferentes colores y fue adornando el sábado, víspera de su cumpleaños, la puerta de su cuarto.

Quería hacer allí la pequeña fiesta, como él decía. En la calle puso una mesa cubierta con un mantel viejo, las muchachas que trabajaban en la casa le ayudaron a prepararlo todo. Había comida y bebida, por lo que dijeron, en abundancia. El mismo patrón, que tenía ganado allí, al lado de la mina en un pequeño hato, había regalado un ternero para la fiesta… No sabíamos de donde sacó la sidra brasileña ni donde la tenía guardada, porque nunca la habíamos visto hasta entonces, pero aparecieron varias docenas.

A algunos de sus más íntimos amigos los hizo entrar a su habitación y les mostró algo que los dejó asombrados: Era un traje completo de payaso, con las zapatillas, el gorro, la cachiporra, todo. Le preguntaron que para qué era ese traje y dijo que para disfrazarse. Les confesó que había sido payaso una vez, en algún sitio, y que esa época fue la mejor de su vida… poco después lo sabíamos los demás y algunos le preguntaron si iba a hacer algo. Les dijo que iba a dar una representación de circo con motivo de su fiesta, recordando buenos tiempos…

– ¿Y la dio?

– Esperen, no se impacienten.

RD: ¡Déjenlo hablar!

– Eso fue lo último que supimos de la fiesta el sábado por la noche. Nos fuimos a acostar. Yo era de los más madrugadores, aunque El Alegre siempre me ganaba, pero aquella mañana no me ganó; fui el primero que se levantó del grupo de hombres. Los domingos ibamos casi siempre a un caño a darnos un baño. Muchos preferían hacerlo más tarde, cuando el agua estaba más caliente, pero a mi siempre me ha gustado el frío.

Me fui a bañar y regresé. En el camino me crucé con otros que iban también a bañarse. Me preguntaron si había visto a El Alegre y les dije que no. Ellos tampoco lo habían visto. Pensamos que seguramente estaba preparando la sorpresa de su actuación como artista de circo. A las ocho de la mañana, ya estábamos la mayoría reunidos en la puerta de la casa, al lado de la mesa que había dejado allí la noche antes El Alegre para la comida. Comenzamos a extrañarnos de que tardara tanto y alguien lo llamó gritando.

No contestó. Otro fue a llamar a la puerta, pero tampoco contestó. Alguien dijo: «No está en la habitación, entren a ver»… efectivamente, no había nadie en la habitación. La puerta no estaba siquiera cerrada. Nos acercamos en grupo y miramos dentro de la habitación. Algunos decían: «No ha dormido en la habitación», «la cama está hecha». Otro, más optimista dijo: Ha podido hacerla por la mañana». Sobre la cama, colocado cuidadosamente estaba el traje de payaso, y el gorro más la cachiporra de algodón. En el suelo estaban las zapatillas blancas.

RD: ¿Y no apareció?

– No.

RD: ¿Y después?

– Después, pasamos la mañana sin comprender nada. No era posible que se hubiera ido andando a la carretera. Además, allí estaban sus cosas, las botellas de sidra para la fiesta; su aparato de afeitar; su ropa de vestirse los domingos. Alguien dijo: «Se ha ido con la ropa de trabajo».

RD: ¿Y qué?

– Serían ya las once de la mañana cuando llegó corriendo un pastor de un hato cercano, llegó ahogándose, sin poder abrir la boca. Tuvo que respirar hondo, durante unos minutos antes de disparar lo que tenía que disparar: «El Alegre está colgado de un árbol». ¿Cómo has dicho?, le preguntamos. Y el pastor, tembloroso: «Está ahorcado. Lo vi cuando iba con las vacas. Miré para arriba y estaba encima de mí, morado, la lengua afuera»… y el muchacho se echó a llorar.

RD: ¿Qué pasó?

– ¿Cómo que qué pasó? Eso que les cuento. Que estaba ahorcado.

RD: ¿Pero quién lo hizo? ¿Fue el mismo?

El hombre de los cabellos blancos dijo, terminando el relato:

– Lo que le pasó es un misterio; nadie lo ha descifrado. Asesinato o suicidio, El Alegre llegó sin que se supiera de dónde y se fue de este mundo sin que sepamos por qué…. lo que les puedo decir es que cuando lo enterraron, desde el patrón de la mina hasta la cocinera, hombres y mujeres, llorábamos, como si se hubiera muerto nuestro padre o nuestra madre.

Y al hombre del cabello blanco se le llenaron los ojos de lágrimas…

 

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