Cementerios de elefantes en Bolivia última parada de bebedores suicidas

«Si un bebedor decidía que llegó su momento de morir, lo hacía bebiendo en un cementerio de elefantes, lo encerraban en un cuarto y bebía, bebía, hasta que lo sacaban muerto». El escritor boliviano Hugo Viscarra, en su libro «Borracho estaba pero no me acuerdo», crea un mundo basado en esta realidad que hoy se repite en varias zonas de Bolivia. Existen docenas de lugares bautizados por los funcionarios como Cementerios de Elefantes, en alusión a la creencia antigua de que los gigantescos animales van a morir siempre a un lugar que conservan en su memoria, como un ritual final. Así mismo, algunos bebedores deciden entregarse por completo al alcohol y se van a estos lugares para tomar hasta morir.

Cementerios de elefantes en Bolivia última parada de bebedores suicidas

Hugo Viscarra trata de darle un aire poético triste al relato que hace sobre los cementerios de elefantes, pero solo se percibe lo triste, no es difícil imaginar a los borrachos que «caminan de la mano de la muerte», porque constantemente están cerrando locales donde, al investigar, se descubre que varias personas murieron en el sitio, consumiendo bebidas.

En un país tranquilo como Bolivia, cuando vemos aumentar los índices de delincuencia, por lo regular está vinculado al consumo de alcohol u otras sustancias, en varias zonas como Senkata, Río Seco, Los Andes, 16 de Julio, Alto Lima, Villa Dolores, 12 de octubre, entre otras, las autoridades hacen operativos, particularmente en las fechas de diciembre y enero, logrando cada año desarticular varios locales que funcionan con esta macabra analogía de los cementerios de elefantes.

Condiciones insalubres y muertes en el anonimato

Parte de la gravedad en estos casos de «cementerios de elefantes», se debe a que los dueños de estos «locales», se apoyan en su funcionamiento fuera de la ley para montar un negocio sin las condiciones mínimas a nivel sanitario, en su mayoría no llegan a tener siquiera una barra, son casi siempre viejas casas, donde alguien habilita parte del patio y le hace una entrada desde el exterior, para que de manera directa, los borrachos entren y permanezcan en ese espacio.

Son miles las historias de niñas o niños de la calle de 11, 12 o 13 años, que empiezan a tomar en estos espacios y nunca salen del vicio, sin conocer otra vida, se convierten en clientes de estos locales de por vida, una vida corta que no suele exceder los 26-30 años.

Aunque en el libro de Viscarra, el cementerio de elefantes ofrece a la persona la opción de tomar la decisión de encerrarse y tomar hasta morir, lo normal es que en los locales la gente vaya a morir, pero de manera gradual, durante meses o años de beber sin control.

Latas de alcohol carburante de cinco litros, suelen estar siempre en el fuego, con algunas bolsitas de té que sirven para darle sabor, color y algo de aroma a la bebida, que se venderá muy por debajo del costo del alcohol en una licorería, pero que por ello mismo, representa a su vez un riesgo extra como preparación casera.

Al morir, muchas veces sus familiares no se enteran, ya que según el tipo de local, podrían contar con cementerios clandestinos en las cercanías, donde los amigos entierran a la persona y luego vuelven al cementerio de elefantes, a seguir bebiendo.

En el municipio de La Paz, Bolivia, podemos ver cada año como la intendencia cierra locales, pero siempre se multiplican y abren más en distintas zonas, porque al parecer se ha vuelto costumbre para las personas perdidas en el alcohol y siempre buscan un nuevo local donde encerrarse, a veces sin ver la luz del sol durante semanas o hasta su muerte.

En el año 2009, Tonchy Antezana llevó la historia de Viscarra al cine, con un filme de 81 minutos sobre el final de la vida de un hombre de 33 años, sumido en el alcohol y que decide ir a morir al cementerio de elefantes, luego de décadas de atribulaciones, cargas y decepciones.

Llama mucho la atención, sin embargo, que la historia que vemos en la película puede estarse repitiendo mes tras mes, en algunos lugares de Bolivia, y quien sabe si otros lugares de Latinoamérica, que exista una especie de ritual suicida donde algunas personas se encierren voluntariamente a beber alcohol adulterado durante semanas, meses o años hasta morir, es un grito de auxilio de esas personas a la sociedad.

 

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